Iñaki

Ya sea por las numerosas nominaciones al Oscar que recibió recientemente, o porque aquellos susurros que indican que es “una experiencia única en la historia del cine” siguen apareciendo, nos encontramos con que el nombre de Boyhood suena mucho últimamente.

Por si aún no saben de qué va la última película de Richard Linklater (Antes del Amanecer/Atardecer/Medianoche), les contamos: en el 2002, el director empezó a filmar, unos pocos días cada verano durante doce años, la historia del crecimiento de un niño. Tan simple como eso. Ellar Coltrane es el protagonista que a los seis años se embarcó en la aventura de tener su crecimiento filmado y su vida ficcionalizada para contar la historia de una familia (los padres son Patricia Arquette e Ethan Hawke, ambos excelentes) y sus altos y bajos a través del tiempo.

La historia es tan sencilla como original. Y es cierto, nunca en la historia del cine se había hecho algo similar (hayuna serie de documentales que tratan el crecimiento de unos individuos, pero el parecido es más que nada en el concepto), por lo que Boyhood ha tenido la clase de recepción que solo se explica con lo que es el maravillarse por la vida misma.

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Aunque suene cursi. Si Boyhood nos afecta, no es porque su trama sea particularmente conmovedora -es una especie de checklist de los momentos más importantes en la vida de una persona promedio-, sino porque todos, ineludiblemente, nos identificamos con esto por el simple hecho de que somos humanos. Cualquiera puede relacionarse con la película y lo fascinante es desde qué perspectiva lo hacemos. ¿Recuerdan cuando nos dijeron que leer El Principito en distintas etapas de la vida nos hacía entenderlo de distintas maneras? Boyhood es algo así: al registrar una niñez, juventud, adolescencia (y, en caso de los padres, adultez) la etapa en la que nos encontremos en nuestra propia vida nos hará ver la película con diferentes ojos, con diferentes énfasis en diferentes pasajes.

Las experiencias que hemos vivido sí o sí afectan la forma en que nos enfrentamos a esta obra de casi tres horas que se despliega sin ningún apuro frente a nosotros, sumergiéndonos en momentos, esperando que nos hagan click, contando con que algo va a resonar dentro de nuestras cabezas y nos va a hacer entender con nostalgia, sabiduría e inocencia, que ya llevamos un rato en la tierra y hemos aprendido un par de cosas sobre cómo es vivir en ella.