Consuelo

Cuando uno está recién llegado a Santiago habla de él todo el rato. Que las calles, que el smog, que los santiaguinos son súper mirones, que después de que llueve la cordillera se ve bonita. Cuando uno está recién llegado. Pero cuando han pasado casi cuatro años desde que uno llegó a Santiago, es difícil que el tema salga naturalmente en las conversaciones. Tus amigos de región también se acostumbraron a la ciudad y de repente te das cuenta que dejaste de hablar del lugar y empezaste a hablar de lo que pasa en él.

El otro día con una amiga nos pusimos a hablar de Santiago. Yo creí que ella sabía todo el recorrido histórico que me llevó a vivir donde actualmente estoy, pero resulta que lo desconocía. Y bueno, le empecé a contar. Ella estaba impresionada por mi capacidad de adaptación y no podía creer en la cantidad de lugares que había estado antes de llegar al departamento que la aloja cada dos semanas. “No me imagino cómo debe ser tener que acostumbrarse a una ciudad nueva, aparte de tener que acostumbrarse a la U”, me dijo, y yo le contesté de inmediato, con cierta reticencia a hablar del tema: es cuático.

Porque claro, uno no se detiene todos los días a pensar en lo cuático que es y después de un tiempo te acostumbras a dejar de hablar del tema. Cada día se enfrenta como una pequeña meta y lo que todos hacemos es eso: sobrevivir el día. Nadie se sienta en una banca a las cuatro de la tarde a pensar en lo difícil que ha sido cambiarse de ciudad, no. Uno le cuenta a una amiga, en confianza, dos años después y cuando se escucha narrando lo que ha pasado, piensa en que en realidad ha sido difícil y que parece mentira que uno vaya estando mejor.

Mi amiga me dijo que su vida no había cambiado tanto desde que entró a la U. Que seguía tomando el mismo metro en el que se iba al colegio, que seguía viviendo en su misma pieza. Yo empecé a contarle algunas cosas que yo encontraba que ejemplificaban bien lo complicado que es emigrar de una ciudad chica a un monstruo como Santiago, que conozco con suerte dentro del perímetro por el que me muevo. Le dije, por ejemplo, que al principio las micros me daban fobia, y he comprobado que es un miedo recurrente. Me acuerdo que me tomó dos meses decidirme a tomar la 412 —a la que veía pasar por afuera de mi U y por la esquina de mi casa— porque pensaba que me podía perder. Perderme en micro. Nada más terrible. Quedar varada en un lugar que no conocía ni de vista, del que no sabía cómo volver y sabiendo que todas mis redes de apoyo estaban a cinco horas. Con el tiempo uno aprende que todas las micros llegan a algún metro y que todos los metros llegan a Roma, pero al principio no.

"Frances Ha", película imperdible para todos los que se han ido a vivir solos.

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También le conté de lo terrible que había sido para mis papás. Te echan de menos, eso se asume, pero creo que lo más complicado para ellos fue tener que aprender a aceptar que no podían hacer mucho por ayudarme. Me acuerdo que después de que me robaron el celular en la micro y conseguí cómo llamar a mi mamá, ella estaba impotente. Me escuchaba llorar, sabía perfectamente que me sentía vulnerable y que necesitaba apoyo, pero ella no podía hacer nada más que escucharme. No podía darme un abrazo, no podía hacer nada que la hiciera sentir útil.

Al principio a mí me encantaba hablar de mi adaptación santiaguina. Me ponía a recitar todo lo que me había pasado porque en el fondo me sentía orgullosa, encontraba que era un gran mérito para cualquier estudiante de región sencillamente mantenerse en Santiago. Ahora ya no. Ahora que me he ido dando cuenta del costo emocional que ha traído para mí y mi núcleo familiar, me da un poco de pudor hablar del tema. Llegar a concientizar lo que significa la adaptación es fruto de un proceso muy íntimo que al principio uno se toma a la ligera, que uno cuenta como un puñado de anécdotas, cuando la verdad dista de ser algo superficial. Es darse cuenta de que las circunstancias, los lugares, las personas, te cambiaron irremediablemente y, muchas veces, contra tu voluntad. De que, en el fondo, en tu ciudad dejaste algo de ti de lo que todavía no te despides y que empezaste a notar que echas de menos.